Música

“Cuando un artista se mete a decir que hizo un disco conceptual, no le creo mucho”

Unos ruidos estrambóticos llevan a una voz con cadencias de la noche del otro lado del teléfono, en Miami. Es Julio “Chulius” Briceño, el cantante gesticulador de la banda venezolana que con su mix de funk, disco, acid jazz, merengue y demás ritmos calurosos que aman los norteamericanos y también los latinos de juerga, sigue en alza para los charts urgentes del mundo: Los Amigos Invisibles. El 14 de abril, a las 21 presentan su noveno disco, El Paradise, en Niceto Club (Niceto Vega 5510). “¡Qué tal, panas! Estamos en pleno ensayo para Argentina, y todo va chévere. ¡Los vamos a poner a bailar otra vez!”. Y remata con otra humorada en tono caribeño: “Los que no ensayan son cobardes. Nosotros no somos cobardes”.

Lo que andan tramando Los Amigos Invisibles es este recorrido sonoro ficticio y sin pausa en una discoteca con luces de neón, que conocieron entre los ’80 y los ’90. Allá cuando David Byrne, un ícono del rock con ojos de world music los produjo y los expandió al prestigio sin vueltas. Lejos de esa época, fusionaron en El Paradise sus ritmos de cuna con nuevos funks, rock, electrónica, algo de salsa y de tropical, y hasta europop con teclados y bajos frenéticos, para asegurar el agite en vivo de las caderas trasnacionales.

Sonríe Chulius: “Cuando grabas un disco de éxito y luego tocas las canciones, te conviertes en una banda de covers de tu propia música. Hay que tratar de sonar lo más digno posible. Los Amigos Invisibles siempre tratamos de no repetirnos. Sin ánimos de ser puntas de lanza de nada, buscamos un disco que suene moderno, contemporáneo, que nos sorprenda a nosotros, y al público. Está casi todo inventado pero hay que tratar de explorar un poco con las sonorizaciones”.

Quizá piense, el vocalista, en algunas decisiones estéticas y estratégicas que tomaron en El Paradise, con letras que sobrevuelan la barra de esta discoteca y, con sabores dulces, les hablan a las chicas calientes y a los hombres en busca de ellas. El primer single, de precisión matemática (con un video al tono de los tragos y las pocas ropas de ellas) se llama Dame el mambo. “No sé si es un hit radial, pero sí es una gran canción con un buen groove. Mucha gente nos criticó diciendo ‘esperaba otra cosa’, pero me gusta su ritmo hipnótico, como un afrobeat bien minimalista. Y con una letra que se pasea entre Pitbull y cualquier otro reggaetonero de hoy en día pero sin llegar a ser reggaetón. Jugamos con esa tónica”, asegura.

Otras que pegan en sintonía -entre las once del disco- son Anestesiada (con Kinky, la famosa banda de Monterrey, México, donde Los Amigos Invisibles son tan locales como en Miami), Espérame (con Elastic Bond) y Aquí nadie está sano (con Los Auténticos Decadentes). Antes de hablar de ello, Chulius se expone: “Este fue el primer disco en el que hicimos campamento creativo, y tal vez innovamos con una canción sobre ritmos de tambores venezolanos. Hicimos un loop, empezamos a tocar y ahí salió Viajero frecuente del amor, la que abre El Paradise”.

Y mira a este otro paraíso al Sur: “En Aquí nadie está sano, nuestro manager nos dijo: ‘Esta canción tienen que hacerla con Los Auténticos Decadentes’. Y sumamos a los metales de su banda. Escuchamos nuevas ideas y tratamos de relajarnos haciendo música. No podemos decir que no nos presionamos con un disco, pero si nos gusta lo que está sonando, ¡chévere!”. Y otro espesor más lento hay en Sabrina, algo así como una bossa nova atravesada por el toque vocal de su coterráneo Oscar D’León, “El Faraón de la Salsa”.

Cuenta Chulius: “A Oscar lo conseguimos a través de mi mamá, que conoció a su manager y lo convenció. Lo invitamos a una salsa, pero él nos dijo: ‘¡Tengo toda mi vida cantando salsa!’. ¿Qué más tienen? Y eligió Sabrina. Es un orgullo tenerlo. El fue una gran inspiración, pero yo nunca había visto en vivo un show de él hasta que los Illya Kuryaki and the Valderramas, allá por 2001, me dijeron: ‘Che, boludo, ¡tenés que verlo! ¡Es el James Brown de la salsa!’”.

-¿Cuál es la importancia que le dan a las letras en “El Paradise”?

-Fíjate que las letras han sido siempre secundarias, para nosotros. Si hay una buena rima, un cachondeo ahí dentro, y puede que te suene sabroso a través de las cornetas, ahí vamos. Básicamente, el concepto de El Paradise vino casi que al final: de una discoteca de chicas con poca ropa y todo eso. Cuando un artista se mete a decir en los medios que hizo un disco conceptual, no le creo mucho. Nosotros escogimos las once mejores canciones que teníamos y le dimos ese concepto. Y el diseñador lo buscó también. Nada más. Yo siento que en la Historia hubo muy pocos discos conceptuales: The Wall, de Pink Floyd, o Tommy, de The Who.

-Si el concepto llegó al final, ¿qué hubo al principio?

-Los campamentos creativos. Le dedicábamos muchas horas a cada tema y trabajamos muy distinto que antes, porque hace tres años salieron dos miembros originales de la banda, Cheo Pardo y Armando Figueredo, que componían mucho. Y tuvimos que reinventarnos: “¿Y ahora qué hacemos?”. Pero nunca sentimos un vacío. Al mismo tiempo que salieron ellos, seguimos girando y entraron Daniel Saa y Agustín Espina, que nos ayudaron mucho en la nueva musicalidad. Alguien me dijo: “Ellos son más amigos que Los Amigos”. Y eso me quedó grabado. Sentimos pena de que dos miembros originales se hayan cansado. Sé que la industria puede llegar a cansarte, si quieres vivir de esto, porque nunca estás en tu casa.

-¿Cuál es la función de un disco como “El Paradise”?

-Algo que escucho mucho de los fans de Los Amigos es que ponen el disco a la mañana para arrancar con buena energía su vida. Y tú dices: “Qué chévere que sirva para eso”. Otros fans hacen ejercicios con el disco, o se lo ponen a sus hijos. A los niños les gustan las melodías y los coros. Pero atrapan a más de una generación. Todo esto nos trae la excusa de seguir girando y viviendo de esto.

-¿Cuál es tu mirada actual de la realidad de Venezuela?

-En las dos últimas semanas, la gente ha salido a la calle a manifestarse sin miedo contra los guardias. Yo pienso que en Venezuela no se ve un futuro cercano en tu carrera para poder ahorrar, casarte, comprar una casa y un carro. En las ciudades grandes, después de las siete de la noche hay toque de queda y eso mató a la industria del entretenimiento. A nosotros nos afecta muchísimo, porque tenemos a casi todas nuestras familias. Salimos ya hace 16 años, pero vimos la degradación moral, económica y social. Para mí no es la manera en que un país tenga que desarrollarse.

-Al vivir vos en Miami, donde muchos latinos apoyaron y votaron a Donald Trump. ¿Cuál es tu mirada sobre el Presidente?

-Las tres primeras veces que lo escuché hablar, antes de que ganara las elecciones, me dije: “¡Oh, my God! ¡Este es igualito a Chávez pero con dinero!”. Por eso voté por Hillary Clinton. Cuando este pana, Trump, abrió la boca, muchos dijeron que era un populista más y yo pensé: “Va a ganar”. Estados Unidos siempre estuvo la alternancia del poder. Ya sea que estuviese Trump, Bush o John Wayne, iban a ganar los republicanos porque los demócratas ya tenían dos períodos. Así es Estados Unidos.

-¿Cuál sentís que es el aporte que hacen Los Amigos Invisibles, como banda, para revertir la mirada sobre los latinos que tienen los norteamericanos?

– Entre 1999 y 2004 nos dimos a la tarea de recorrer en gira todo Estados Unidos y notamos prejuicios. Pero trabajamos bien, dimos buenos shows y los fuimos convenciendo de lo contrario. Les dijimos: “Tú ganas dinero, nosotros también, y no hay problema”. Es la única manera de convencer a los americanos de que somos educados, cumplidores y no haraganes. Si haces tu trabajo, cumples el horario y eres responsable, estamos todos contentos. Cuando veo a Donald Trump tan enojado con la inmigración, algo me tranquiliza un poco: el norteamericano promedio sabe que los latinos somos gente de familia y queremos lo mejor para la comunidad. Ese es nuestro aporte: ser buenos ante la sociedad.

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