Música

Bajistas del rock argentino

Cachorro López, Javier Malosetti, Alejandro Medina, Gabriela Martínez; dossier fotográfico con diez referentes nacionales del instrumento.
En su edición de febrero, Rolling Stone publicó un nuevo dossier fotográfico: Theo Lafleur retrató a diez bajistas del rock argentino. Referentes nacionales del instrumento, además de posar, contaron por qué lo eligieron cuando eran jóvenes, cuál fue la sensación que recorrió su cuerpo la primera vez que tocaron las cuatro cuerdas y los roles que ocupa el bajo en la estructura de una canción.

Javier Malosetti


Mi bajo: Schecter Javier Malosetti Signature Ultra Bass “Toco todos los días. Está afuera de la funda todo el tiempo.”

Hijo del guitarrista de jazz Walter Malosetti, Javier creció tocando varios instrumentos antes de elegir el bajo a los 20. “Me gustan la batería, la guitarra y el bajo con la misma pasión, pero por alguna razón el bajo es el oficial.” De su gig en la banda del bandoneonista Dino Saluzzi, a los 23 pasó a integrar el grupo de Luis Alberto Spinetta. “Yo no tuve nada que ver. No sé qué pasó, habría pocos bajistas. Tuve suerte”, dice. Hoy, con una extensa y premiada discografía, prepara un álbum de estudio con su pareja, la actriz Inés Estévez. “Pretendo continuar con la misma perplejidad pendeja con la que empecé a tocar y seguir asombrándome.”

Alejandro Medina


Mi bajo: Fender Jazz Bass 68 “Lo tengo conmigo desde el 72. Pappo le puso de nombre ‘Jacinto’.”

La historia de amor entre “El Negro” Medina y el bajo comienza con Elvis cantando “Fever”. “Yo tenía 6 años y me cautivaba esa canción. No era más que la voz, un contrabajo y un chasquido”, recuerda. Fan de Louis Armstrong desde la primaria, estudió trompeta hasta que a los 12 años unas paperas lo dejaron en cama. “No podía soplar, así que agarré la guitarra de mi viejo y me di cuenta de lo comprensible que era todo.” No tardó en pasar al bajo, y a los 18 ya iniciaba la historia de Manal con Claudio Gabis y Javier Martínez. Medio siglo después, el presente los tiene juntos.”Sigo envuelto por las notas, son el puente que te lleva fuera de este planeta.”

Gabriela Martínez


Mi bajo: “Mandé a hacer este modelo pensando en el vivo. Buscaba un bajo liviano y con un cuerpo de los 60.”

“En el interior del país muchas mujeres se acercan a decirme que empezaron a tocar el bajo porque me vieron a mí. Es una satisfacción muy grande”, dice Gabriela Martínez. Tenía 24 años cuando en 1993 entró a Las Pelotas en reemplazo de Beno Guelbert. Venía de pasar por el conservatorio y de clases con Machi Rufino (“Mi gran maestro, el que me dio el amor por el instrumento”).

Dice que en 25 años, diez discos de estudio e incontable cantidad de shows con su banda, la evolución de su estilo fue permanente y, a la vez, responde a una sola premisa: “La búsqueda pasa siempre por prestarle atención a la canción y lo que pide. Para mí, lo importante es no perder la idea de que, hagas lo que hagas, le tenés que hacer bien a la canción”.

Machi Rufino


Mi bajo: Fender Precision 1978. “En realidad estoy tocando hace poco con un Fender Jazz Bass Mexicano nuevo. No le encuentro rival.”

“Soy bajista por accidente, no por decisión”, dice Machi Rufino al recordar la tarde de finales de los 60 en la que unos amigos se quedaron sin bajista y lo convencieron de que se sumara a los ensayos de la banda. “Fue como esos casamientos que se arreglan y al final los novios se toman cariño.” En los 70 entró a Pappo’s Blues. Después, Spinetta lo vio tocar y lo invitó a Invisible. Hoy lleva ocho años en un power trío con Lito Epumer y Cristian Judurcha. Dice que no es fanático del bajo, sino de toda la música, pero el instrumento dejó huella: su hijo Juan Pablo toca en Rufa y es pareja de Brenda Martín de Eruca Sativa. “Se volvió algo familiar. Ya somos un gremio.”

Guillermo Vadalá


Mi bajo: “Es un Music Man, pero en realidad estoy volviendo al Pensa, del luthier argentino Rudy Pensa.”

Desde que un día volvió de la escuela a los 9 años y se encontró el bajo de su hermano en el living de su casa, Guillermo Vadalá empezó a sacar temas de Deep Purple y no paró de tocar. “Ahora me dedico a aquello a lo que jugaba de chico”, dice. Además de su extensa carrera como sesionista (de Fito Páez, Spinetta, Mercedes Sosa y muchos más), fue maestro de grandes bajistas, incluyendo a Fernando Nalé, Micky Rodríguez de Los Piojos, Gabriel Ruiz Díaz de Catupecu Machu y hasta su esposa Nerina Nicotra. “La docencia se terminó transformando en algo hasta más importante que tocar. Creo mucho en transmitir el mensaje y que las cosas son para los que vienen”, dice.

Cachorro López


Mi bajo: Kay K-162 Bass Howlin Wolf. “Lo encontre en Nueva York y me encanta, porque el sonido está en el medio de un bajo y un contrabajo.”

“Tocar el mango de un bajo te da la misma sensación de placer que te producen las frecuencias graves cuando estás parado frente a un amplificador”, dice Cachorro López. “Además tiene algo totalmente estructural en la música, en la parte rítmica, que es donde me siento más cómodo”, agrega.

Desde sus días en Los Abuelos de la Nada hasta que se convirtió en uno de los principales productores de Latinoamérica, el bajista se fue transformando. “Cuando empecé tenía lo que todo músico joven: tratar de tocar todo lo posible. Ahora toco bajos más efectivos, que me gustan más, que no llaman tanto la atención”, cuenta. “Me gusta más cómo toco ahora que cómo tocaba antes, pero la gente parece recordar con mucho cariño cómo tocaba antes… y me lo dice.”

Fernando Nalé


Mi bajo: Fender Jazz Bass 66. “Era de un bajista de jazz y tango que tocaba en una orquesta de tv. Lo compre previo a la gira de ‘Siempre es hoy’.”

“El primer tema en el que distinguí el bajo fue ‘Union of the Snake’ y flasheé”, dice Fernando Nalé sobre el hit de Duran Duran de 1983. Cuatro años más tarde, a los 12, ya tomaba clases con Guillermo Vadalá (“El tenia 19 y ya se tocaba todo”). Siguió su carrera en los discos de Illya Kuryaki hasta que se sumó a la banda de Gustavo Cerati desde Bocanada. Hoy es uno de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, la banda del Indio Solari. “En un grupo el bajo puede sugerir matices. Siempre sentí que es un instrumento que conduce soslayadamente el swing de los temas.”

Santi Barrionuevo


Mi bajo: Fender Jazz Bass Japan 89 “Me dijeron que esa época de Fender en Japón era buena, así que lo compre. Lo quiero mucho.”

Como muchos platenses, el frontman de El Mató a un Policía Motorizado inició su historia con el bajo en la desaparecida y mítica casa musical Gino. “Mi hermano menor quería un bajo y mi viejo le cumplió el deseo. Fuimos en familia a comprar el más barato posible”, recuerda. El Yakinowa terminó en manos de Santiago cuando empezaron a armarse las bandas del colegio y siempre faltaban bajistas. “Después usé mucho tiempo un bajo Fernandes de Gastón de los 107 Faunos, que no sé por dónde estará ahora, pero lo recuerdo con mucho cariño. Vivimos mucho juntos.”

Brenda Martin


Mi bajo: Lakland 55-60 Custom BX SkyLine Series. “Es muy especial para mí porque me acompañó en las giras durante mi embarazo.”

“El bajo me resulta especial por los sonidos diversos que trae guardados”, dice Brenda Martin, la “bajista con alma de guitarrista, o al revés” de Eruca Sativa. “Creo que hacer caso a la necesidad sonora que está por encima del instrumento da resultados muy bellos, y tiene que ver con la honestidad musical. Que salga el alma por el instrumento es lo que importa, me entusiasma y moviliza. Hay una intuición que me dice que la música ya existe, aunque teóricamente se esté tocando por primera vez. Entonces la busco.”

Vitico


Mi bajo: Fender precision Bass 66 “Tengo que usar este, los demas se me rompen. Le doy muy fuerte, no puedo evitarlo.”

“Elegí el bajo porque me gustaban los graves, pero también porque pensé que iba a ser más fácil”, dice Vitico, que a los 16 mandó a hacer una copia del Hofner Violin Bass de Paul McCartney. “Cuando lo fui a buscar parecía una plancha. No era bueno. Seguí con un Faim. Y después con éste, que es especial.” Su Fender Precision Bass 66 llegó en 1968, en los días de Alta Tensión, y lo acompañó desde sus míticas audiciones en Inglaterra hasta los primeros días de Riff, cuando se lo robaron. Tres años después vio uno similar en una tienda. “Lo agarré y lo sentí retumbar. ¡Era el mío! Lo habían pintado, pero habían dejado el número de serie. Imaginate lo que festejé.”

Fuente: Rolling Stone

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