Música

Black Sabbath y una despedida de alto nivel en Vélez

Luego de una copiosa lluvia, asoma una tarde-noche sangrienta de sábado. El crepúsculo rojizo se filtra entre los nubarrones del horizonte de Liniers y presagia una velada de aquelarre heavy metal, en el estadio José Amalfitani.

Mejor antesala imposible para ver a Black Sabbath, la banda que le metía miedo al mundo allá por 1970 con aquella introducción que alumbró al heavy metal. La puntualidad inglesa deja en offside a cientos de metaleros, que aún pululan por los alrededores del estadio, y entran corriendo a la cancha. Se apagan las luces, suenan las campanas y la lluvia para que Ozzy Osbourne salga a Vélez y comience la misa (negra).

Desde que el líder se pregunta “¿Qué es esto que se para frente a mí?” (en la canción Black Sabbath), la historia se mete de lleno en la vena de los espectadores para esta cuarta visita del grupo al país. La encorvada figura de negro domina las miradas, a Ozzy se lo ve más medido y asentado vocalmente que con su banda solista. Acá no es tiempo para grandes gestualidades, sólo de quietud y observación, acompañado por una voz nítida, que sólo flaquea en Snowblind y Paranoid.

“Let’s go”, grita el Madman y comienza a cabalgar la noche del sábado, sólo le basta con levantar los brazos (y moverlos), aplaudir, tirar un beso, saludar y, sobre todo, sonreírle a su gente para que el “olé, olé, olé”, lo bañe. Desde la platea media, el show se escucha a buen volumen, con la efectiva vibración del bajo de Geezer Butler, excepto durante los primeros temas en dónde la batería de Tommy Clufetos suena algo baja. Luego todo se ajusta, con la voz de Oz y la guitarra de Iommi al frente: un sonido potente y cristalino.

Polémicos los efectos utilizados en las pantallas, desde un filtro psicodélico (Fairies Wear Boots), simil agua blanco y negro (Into The Void) o hasta llamaradas de fuego -que por momentos cubrían a los músicos- en Iron Man, le quitaron naturalidad a una performance sin necesidad de maquillaje.

Las sirenas rojas presagian War Pigs, que se corona con un abrazo entre Iommi y Osbourne para el recuerdo. El vocalista presenta a sus músicos y el estadio se viene abajo cuando dice “The One, The Only, Tony Iommi”. Cuando las pantallas proyectan las manos del guitarrista inglés, el estadio queda hechizado bajo su embrujo.

Párrafo aparte para Clufetos, quien demuestra que le sobra nafta para los shows de Sabbath y se despacha con un extenso solo de batería (en Rat Salad), de casi diez minutos, que sirvió para que Ozzy tomara un respiro y la banda encare Iron Man, otro clásico 100% heavy metal.

Dirty Women, el único tema en el que Iommi abandona su desgastada Gibson SG para recurrir a un modelo color blanco, es monopolizada por el padre del heavy, al cual Ozzy lo presenta hasta el hartazgo. Children Of The Grave, el punto más alto de la noche, sacude Vélez como nunca: cabalgata de riffs y pogo de sábado por la noche. El efectivo cierre con Paranoid fue el canto del cisne de los hombres de negro en Argentina.

Todos de pie en Liniers para decirle adiós a Black Sabbath. Ellos se abrazan de cara al público. La frase “The End” en las pantallas hace correr varias lágrimas entre aplausos. Muchos se quedan paralizados viendo la escena. No es para menos, sólo queda agradecerles de pie a estos británicos por casi medio siglo de heavy metal. Y que el sábado dieron una despedida a la altura de su leyenda.

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