Música

¿Los argentinos somos el mejor público del mundo?

Tenemos el río más ancho del mundo y la avenida más ancha del mundo. El Indio Solari le enrostró a Mick Jagger que también somos los dueños del pogo más grande del mundo (los Redondos, en River). Y ahora Ciro, el ex Los Piojos y actual Ciro y los Persas, se ufanó de que el Mannequin Challenge más grande del mundo (ese truco que consiste en filmar grupos de personas detenidos, al estilo de estatuas vivientes, que comenzó entre los adolescentes y llegó hasta el programa de Tinelli) se hizo en la Argentina, en su show del sábado en Vélez, con 42.000 personas. Puro orgullo nacional.

Por un lado, tenemos los más frenéticos bailarines.

Por el otro, los más quietos. ¿Los extremos alcanzan para confirmar una vez más que “somos el mejor público del mundo”? El mote nos gusta, nos cabe. Lo han repetido tanto los artistas internacionales -gente con cierta tendencia a la demagogia y muy propensa al uso de camisetas de la Selección argentina en sus shows… en la Argentina-, que terminamos por creerlo. Los medios también hemos hecho lo nuestro, muchas veces poniendo la pasión de los espectadores por delante de la música, reivindicando una cultura del aguante que muy pocas veces tiene que ver con lo artístico.

Pero son ellos, las figuras mundiales del rock y del pop que siguen llegando en tropel y llenando estadios, los que nos malacostumbraron al elogio.

Entre verdades y mitos, ejemplos sobran: -Lou Reed, en su primera visita al país, toca en el Gran Rex. El show termina y la gente quiere más. En vez del tradicional grito de “Otra, otra”, el público comienza a corear el “chup-churup-churup- chup-churup-chup” del estribillo de Walk on the Wild Side. Absorto por la reacción, el poeta neoyorquino toca todos los bises que le piden.

A Dave Mustaine, el colorado guitarrista de Megadeth que sumó carradas de millas por viajero frecuente por venir a tocar acá, aún lo sorprende que el público le cante sus riffs de guitarra al unísono. No olvidar: nuestra fue también la creación del grito de guerra “Megadeth, aguante Megadeth” que ahora todos los fanáticos del mundo corean durante las versiones de Simphony of Destruction.

A Los Ramones les costaba llenar clubes medianos en su Estados Unidos natal. Pero aquí se daban el lujo de poner a tope la cancha de River. Por eso venían cada vez que podían y su amor por la Argentina fue tal que su bajista histórico, Dee Dee, terminó casado con una de las nuestras y viviendo en Banfield. -U2, AC/DC, The Police, Madonna y Kiss eligieron sus shows en la Argentina para grabar dvds en vivo.

Cuestiones económicas, técnicas y de infraestructura seguramente pesaron en la decisión. Pero la variable del público terminó siempre por inclinar la balanza. En una obra con ansias de perdurar -como es una filmación- rinde mucho más ver a los fans cantando, saltando y bailando, que aplaudiendo fría y educadamente.

Para los shows de los Rolling Stones, en febrero en el Estadio Único de La Plata, llegaron espectadores europeos, de los EE.UU. y de varios países de Sudamérica. Además de ver a su banda favorita, querían pasar por la experiencia que tanto Keith Richards como Mick Jagger contribuyeron a desparramar por el mundo.

Puede ser cierto que como público somos cálidos, eufóricos, empáticos, sorprendentes. ¿Pero mejores? Permítanme la duda. Probablemente seamos mejores cuando no intentemos pasar del campo a la platea (o viceversa), o cuando nos sentemos en las ubicaciones que nos corresponden y no en las que no son nuestras, pero de las que se ve mejor. Cuando no gastemos la energía en derribar las vallas que separan al campo del campo vip o en insultar a los de seguridad por tratar de mantenerlas erguidas. Cuando no subamos a nuestra chica a los hombros sin importarnos que los de atrás no vean nada. O cuando en los “pogos más grandes del mundo” seamos cuidadosos de las mujeres y los más chicos y sólo rebotemos contra cuerpos que quieren participar del mismo ritual que nosotros.

Pero, claro, a los artistas les gusta sentir la pasión de una muchedumbre desenfrenada. Y a nosotros, el mejor público del mundo, los elogios nos pueden.

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