Música

Por los caminos del indie

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Al tiempo en que esos micromundos que son Twitter e Instagram se saturaban de fotos y comentarios bajo el hashtag #SuperLuna, en el Music Wins, otro micromundo, la radiante luz de la gigante luna llena era el único efecto escenográfico para el show de AIR, el definitivo de la larga jornada del domingo. Después del furioso aguacero matutino, el milagro: el cielo se abrió y permitió una caminata seca y soleada por el festival, que copó un rincón del amplio y confortable predio de Tecnópolis, con casi treinta artistas.

Sin divisiones de clase (aunque había un para nada invasivo “Very Important Folks”) ni incómodos vallados en el “campo” de los dos tablados principales, unidos en continuidad, fue fácil desplazarse sin que se dieran embotellamientos humanos. Otra a favor para la visualización: las tablas estaban altas y permitieron ver desde cualquier lado sin forzar la altura ni la perspectiva. Sin embargo, de las tres pantallas dispuestas, solo la del medio retransmitió las acciones: insólitamente, las otras dos se limitaron a proyectar los logos de los sponsors. Y mientras que todos los conciertos contaron con un impecable sonido, claro y audible, ninguno tuvo su puesta personalizada. Austeridad y ningún recurso extra, como para que la música hablara por sí sola… y ganara.

Más allá de los recitales, el colorido y la extravagancia que distinguen el vestuario del público indie potenciaron esa retroalimentación que se da entre los festivales musicales masivos y las redes sociales. El sector gastronómico también era instagrameable, con un menú variado y gourmet, al que se accedía mediante tokens (1 peso = 1 token; larga fila para adquirirlos, contradiciendo a una agilización prometida en los carteles).

Volviendo al final, el dúo Jean-Benoit Dunckel y Nicolas Godin (en vivo, potenciados por un teclado y una batería + set de percusión orgánica) materializó durante poco más de una hora algo del Amor, Imaginación y Sueño que con sus iniciales (en francés) forman su nombre, AIR. Bipolaridad idiomática mediante y vestidos de blanco espectral con detalles estelares, pusieron en órbita la fantasía del público… pero no sus pies. Más para un lugar cerrado y con butacas que para cierre de encuentro masivo al aire libre, su música no se dobla ni mucho menos se rompe, se reinterpretan corriéndose muy poco de sus versiones originales, pero mostrándose humanos después de todo.

La gira que los trajo hasta aquí celebra veinte años de carrera, por lo que el set fue hitero, comenzando con la balada sónica Venus, subiendo de a poco la temperatura con el adhesivo leit-motiv de Alpha, Beta, Gaga y dejándose para lo último tres de Moon Safari, su primer y genial disco: Kelly, Watch the Stars, Sexy Boy y La femme d’argent.

De energía diametralmente opuesta fue lo de Primal Scream, que tan bailables como rockeros también apostaron fuerte por lo más clásico de su repertorio, pero sin dejar de lado las novedades. Después del arrollador comienzo con Movin’ On Up de su icónico Screamadelica (1991), siguieron con Where the Light Gets In, del flamante Chaosmosis (2016). Con formación reducida (muchos efectos de voces e instrumentales disparados como pistas), la guitarra rabiosa de Andrew Innes le marcó el paso y su andar desgarbado al frontman Bobby Gillespie, quien se valió de panderetas y maracas como extensiones.

También dijo sentirse “como Maradona” después del multitudinario y con sello 100% argento coro de Loaded. Durante la tarde, se pudo ver mucha camaradería entre los músicos participantes, compartiendo backstages o disfrutando de los shows de otros. Pero arriba del escenario esto se plasmó con la presencia de Kurt Vile (que había tocado más temprano) como invitado x 2: primero, en una delicada versión de ese lento indestructible que es Damaged; y después en el final a todo volumen y distorsión de Rocks.

En su primera edición (2014), el Music Wins había apostado como cabezas de cartel a dos números calientes nacidos en esta época, como son Tame Impala y Metronomy. Esta vez, las novedades indie coparon la tarde formando un mosaico para ese público más joven y ávido de novedades. Incluso, muchos se retiró tras el set febril y desprejuiciado del hilarante cancionista Mac DeMarco. El canadiense salió a escena vestido como un pescador, no paró de hacer chistes con su banda e incluso avisó que mañana miércoles dará un recital para sus fans en Niceto.

Todavía con el sol en la cara, Courtney Barnett levantó el primer gran pogo de la tarde con la fuerza grunge que suelta su sólido power trío en canciones ácidas e intensas como Pedestrians at Best y Blah. Uno de los momentos más esperados fue el debut porteño de Brian Jonestown Massacre, que vieron cómo su actitud psicodélica se desvaneció en un show que tuvo un arranque poco dinámico y bastante colgado.

Quizás su viaje y la multiplicidad sonora que proponen en piezas como Who? y Anemone se aprecien mejor en el formato “cerrado” que darán hoy en Niceto. El plan hippindie de Edward Sharpe and the Magnetic Zeros se alimentó de esas canciones alegres, de cadencia reiterativa, que hacen mover la cabeza y no mucho más. ¿Lo mejor? la versión desprolija de Instant Karma, de John Lennon, que derivó en zapada.

Además de los escenarios centrales, hubo dos espacios en donde las marcas (otras) también marcaron la forma y fueron cobijo de artistas nacionales. Arriba de un viejo colectivo, se destacaron las canciones de Santiago Motorizado y el dúo femenino Ibiza Pareo, que en vivo mejora mucho su beat, respecto a lo grabado. Al costado, en una especie de garage levantado en un camping, los cordobeses Rayos Láser y los platenses de Valentín y Los Volcanes hicieron pie cada uno con sus maneras de hacer pop: acústicos y melancólicos, los primeros; eclécticos y enchufados, los segundos.

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