Música

El regreso de la pantera

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Los ojos. Esa es la clave. Se le salen de los párpados y dan escalofrío. Canta y mira a su público de a uno y es ahí donde está guardado todo el terror del mundo. Saca de adentro una oscuridad que ni ella sabía que tenía. Veneno reconvertido en arte, según su autobiografía lo explica: nunca olvidó los golpes que le daba el segundo marido de su abuela. Desde que se hizo famosa sacó jugo al recuerdo de la forma en que miraba el monstruo. “Esa misma mirada usé y uso en mi propia vida para crear impacto y susto”, avisa.

Grace Jones, “la pantera”, “la pecadora”, “la gacela salvaje de las discotecas” está de vuelta por Sudamérica. Tiene 68 años y ni indicios de reuma o artrosis. Trepada a escaleras o gateando por el escenario, parece una versión clonada 40 años después. Viajó a Uruguay para cantar en el 19° aniversario del Conrad de Punta del Este y trajo souvenirs del pasado, como esa versión tan suya de Libertango (de Piazzolla).

Gracielita, como la llaman en Maldonado, continúa siendo en escena una “loca linda” cuyo grado de locura puede crecer repentinamente. Alguna vez golpeó en vivo a un presentador británico por haberle dado la espalda en vivo en cámara. Otra, fue echada de Disney por mostrarle los pechos a un niño.

No apta para mentes cerradas. Grace Jones, pura provocación.

En el Conrad se mostró un poco más recatada, pero no apta para mentes no abiertas. Por más de una hora, su show es más que potentes cuerdas vocales y ocho músicos, aunque muchos prefieran salir corriendo a apostar en el casino y se pierdan verla vestida como monja o como calavera.

Del disfraz repentino a la provocación continua. Lo que se mantiene inalterable es su voz y su astucia para hacer de su voz, su cuerpo y su performance un magnético producto. Imposible no fantasear con que esa Jones hiperactiva de piernas traviesas y casi 1,80 metros no es una impostora que viaja por el globo, una “doble” más joven que la representa mientras la verdadera pasea con un club de jubilados jamaiquino.

¿Dónde estuvo todo este tiempo esta mujer que cantaba “Love is the Drug” en los ochenta? ¿Qué secreto de su genética la devuelven tan arrolladora? “Dime un título de una canción mía”, pregunta al azar, arrinconando a un espectador y el hombre tiembla: “No sé ninguno”. Entonces ella le pega una dulce cachetada, mientras sigue con su repertorio “My Jamaican Guy”, “Slave”, “Nightclubbing”.

Surrealista, andrógina, jamaiquina, pero estadounidense, ciencia ficción, alien, no humana. Grace es tal cual se define. Fue amiga de Andy Warhol, musa de Giorgio Armani, luchadora en la película “Conan el destructor”, chica Bond, tapa de Vogue, boom en París, antecesora de Lady Gaga y tantos títulos más. Esta Jones es la antípoda de Norah Jones, la doblega en edad pero también en fuerza. Una “Indiana Jones” que le huye a las notas. En su camarín, entre frutillas y champagne, hablan por ella sus músicos: “No hagas preguntas. No le gustan. Grace vive para traspasar los límites”.

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